Prólogo
Sentado en aquel bar, con la mirada puesta a ratos en la plaza transitada más allá del cristal mojado, intentaba fijar mi atención en aquellas cartas que me llegaron en un tiempo pasado y que, ahora, nunca por manos del azar, reunía entre mis dedos buscadores de material. Con un café, que dejaba menos espacio para todo aquel epistolario, y cargado de paciencia, pensaba por qué aquel amigo quiso legarme antes de su marcha imprevista toda nuestra correspondencia de tantos años.
Aquellas tardes, no transcurrían como estas, solitarias, asomadas al precipicio de lo rutinario, en las que el calor lo pone un café diez minutos o los cinco segundos que tarda en cruzar la pared transparente mi vecina del tercero, y esto no sucede siempre, hay a veces que toma otro camino.
La nostalgia es otro defecto del hombre, y a mí me sucede con frecuencia que miro atrás buscando encontrarme en aquellas puestas de sol lejanas, entre amigos, opiniones, vueltas, etc. que renunciaban a cualquier otra palabra que no fuera presente, disfrute, conocimiento o calor.
Por ello he querido dejar constancia de manera textual las palabras de mi amigo, sus cartas, sobre aquellas conversaciones que tan poco tenían que ver con aquel tiempo y aún menos con este pero que me ayudaron a responder algunas cuestiones que hoy parezco haber olvidado y necesito volver a recordar, aunque sólo sea por el interés de ser, otra vez, por el placer de vernos a nosotros mismos.
